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El Gatopardo, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa

2009 Abril 21

Considerada por muchos, con justicia, como una de las cumbres literarias del S.XX, El Gatopardo es una obra de una belleza rara, inusitada. Desde que fuera publicada póstumamente en el año 1958 por la editorial de Giangiacomo Feltrinelli, la novela ha planteado a sus lectores, generación tras generación, el enigma de su encanto. ¿En qué consiste su belleza? No es fácil decirlo. Podríamos intentar explicarla enumerando algunas de sus principales cualidades: la excelencia de su prosa, su gran poder de evocación o la habilidad para recrear en el plano ficticio unas determinadas circunstancias históricas; sin embargo, estas justificaciones, que bien pueden darnos ciertamente una idea fundada de los méritos del libro y de su intrínseca calidad literaria, no nos permitirán con todo penetrar más profundamente en este secreto último, tan bien guardado, que eleva El Gatopardo hasta la condición de obra maestra.

Quizá, quien mejor haya acertado a retratar esta ilusión de belleza que nos sobrecoge cuando leemos El Gatopardo, sea Mario Vargas Llosa, quien comprendió que si la novela nos llena de tal desconcierto, es porque nos «enfrenta al misterio de la genialidad artística». En efecto, resulta notable que su autor, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, escribiera una sola novela en toda su vida, la que ahora nos ocupa, que empezó además a redactar llegado casi a los sesenta años. El resto de su producción destaca por su exigüidad: un puñado de cuentos, una copiosa correspondencia, y algunas notas que tomó sobre literatura inglesa y sobre Stendhal para impartir una serie de conferencias a un grupo de amigos. Ciertamente, puede objetarse que, como dijo Bassani, El Gatopardo es la obra de toda una vida, un texto que ha debido sin duda gestarse año tras año, vivencia tras vivencia, y que solo ha podido surgir a la luz cuando su forma ha sido lo suficientemente perfecta, lo suficientemente acabada. Todo esto está muy bien, pero el hecho no puede dejar de parecernos insólito: de repente, un día, hacia 1954, el príncipe Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (1896-1957), último miembro de una vieja familia de la aristocracia de Palermo, hombre de vastísima cultura por otra parte, decide comenzar a escribir, y en tres años, poco más o menos, compone la que será una de las obras maestras del S.XX, que concluirá poco antes de su muerte, en el 1957. Ante esta absoluta incógnita de la genialidad, Vargas Llosa se interroga vehementemente, sin encontrar respuesta: «pero ¿cómo, cómo fue posible?».

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Memorias de un nómada, Paul Bowles

2009 Marzo 16

Escribir unas memorias resulta siempre, en el mejor de los casos, una tarea ardua y harto laboriosa, por cuanto implica no solo rescatar del recuerdo los acontecimientos más significativos de toda una vida, sino también intentar justificarlos dentro de un todo concluso y unitario e imprimirles, a la luz de nuestra experiencia posterior, un sentido del que quizás originalmente carecieran. Es esta, desde luego, una empresa ilusoria, que olvida que la vida es antes que nada el fruto de la más fortuita contingencia, de un azar cuyo secreto jamás lograremos desvelar. Sin embargo, hay en dicha pretensión de fijar en palabras nuestra propia vida, cierta dignidad intrínseca que no se nos escapa y que comprendemos bien: este afán de recordar algunos hechos, de olvidar otros, de ordenarlos todos ellos para llegar hasta nuestro presente y reconstruir, en fin, todo el edificio de nuestra existencia, ¿no obedece acaso a ese proyecto último del hombre que consiste en tomar las riendas de la propia vida y establecer un lugar en el mundo que le sea propio?

Paul Bowles (1910-1999), a quien podemos incluir sin duda entre los más notables escritores estadounidenses del pasado siglo, vivió una vida intensa y fascinante, marcada por una de las épocas más convulsas y agitadas de cuantas haya afrontado la humanidad, durante la cual supo, pese a todo, adivinar el último destello de magia de un mundo que jamás volvería a ser el mismo. Viajero infatigable, Bowles encontró finalmente en el Tánger, más por azar que por convención, el último baluarte de este mundo que acababa, donde «la hechicería horada sus túneles invisibles en todas direcciones, desde miles de remitentes a miles de receptores desprevenidos». Allí se estableció, junto a su mujer y amiga, la también escritora Jane Auer, durante la mayor parte de su vida y allí recibió, también, entre otros, a Truman Capote, Tennessee Williams, Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Gingsberg o Gore Vidal.

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Crimen y castigo, Fiódor M. Dostoievski

2009 Enero 28
by Carlos Garvin

A lo largo de la historia, el mundo de la literatura, afortunadamente para nosotros, nos ha dejado como herencia algunas joyas literarias cuyo gran valor ha sido cuestionado en escasas ocasiones. El brillo de esas joyas siempre permanece inalterable, embelesándonos eternamente. Son muy pocas las que obtienen esa merecida inmortalidad y no quedan olvidadas en el contenedor de la mediocridad, mientras se arrugan, se amarillean y desaparecen tanto físicamente como en la mente de los lectores. Crimen y castigo, escrita en 1866, es una de esas joyas literarias que recordamos por tener unos determinados atributos que aportan el valor a la obra, entre ellos: la capacidad narrativa del escritor, ser un fiel retrato de la sociedad rusa de aquella época, su buena función estética, su novedoso carácter psicológico… Es, simplemente, nuestra herencia de Dostoievski y ésta ha influido en una amplia variedad de escritores contemporáneos.

En Crimen y castigo Dostoievski describe la Rusia que le tocó vivir. Empobrecido por el juego y las deudas familiares sufrió en sus propias carnes los mordiscos de la miseria. Esa trágica experiencia le permitió esbozar, desde la misma perspectiva que el resto de mortales, un San Petesburgo tormentoso donde los sueños no existían y la crueldad deambulaba por las calles, donde la muerte enterraba sus raíces en las casas de los más desdichados y sus gentes sentían en las plantas de los pies el punzante dolor de los gélidos adoquines. Eran tiempos de vidas duras que no sólo han quedado narradas en esta novela, sino también en otras tantas de este autor (El jugador, El idiota, Los hermanos Karamázov…) siempre barnizadas con la misma crudeza. Con ello podemos ver a un Dostoievski maestro del dramatismo que logró plasmar la desoladora realidad de esa sociedad, utilizando como instrumento una prosa realista que hipnotiza, conmueve y nos atrapa lentamente.

A través de la figura de Raskólnikov, estudiante y protagonista de la historia, Dostoievski nos conduce al complejo mundo de los pensamientos y la conciencia del ser humano. Tiene una gran maestría a la hora de expresar aquello que queda oculto en la cabeza de nuestro protagonista y transmitirlo al lector como si esos pensamientos adquirieran voz propia. Dostoievski pone el acento a la novela en la introspección psicológica y establece una dualidad en el protagonista, un desdoblamiento donde luchan, por una parte la necesidad de ocultar el crimen y por otra parte la obligación de confesarlo todo y deshacerse de ese sentimiento de culpa.

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David Copperfield, de Charles Dickens

2008 Diciembre 31
by Juan Carlos Calderón

Cuentan que en la gris Inglaterra del siglo XIX, todas las familias, fuesen pobres, ricas, tristes o felices, solían reunirse, en corrillo, alrededor del fuego mientras esperaban, con ansiosa delectación, la llegada del tardío cartero que traería un nuevo cuaderno azul de Boz debajo del brazo. Estas largas esperas se solían amenizar con discusiones sobre si prosperaría la batalla que mantenía la afable Betsey Trotwood con los malvados burros o si, finalmente, el señor Micawber, junto a todo su clan, se vería irreparablemente abocado a la ruina y a la más miserable podredumbre. Pero los miembros más nerviosos e impacientes de estas familias eran incapaces de esperar durante tanto tiempo y no hacían otra cosa que salir escopeteados de casa en búsqueda del tan esperado mensajero. En esos días, que solían repetirse de mes en mes, centenares de grises e inglesas callejuelas, pertenecientes a grises e inglesas ciudades, se llenaban de miserables, ricos, trabajadores o bribones que surcaban los recovecos de la ciudad en búsqueda del inocente, aunque poco presto, cartero.
Esta pequeña anécdota muestra perfectamente la pasión que sentía el pueblo inglés por Charles Dickens. El éxito y la fama que consiguió el escritor inglés entre todos los estamentos del pueblo inglés alcanzó cotas nunca jamás imaginadas. Tal era el amor de los ingleses para con Dickens que, a la muerte del escritor, durante las exequias de su funeral, Benjamin Jowett dijo de él: “Resulta muy difícil calcular la deuda que hemos contraído con este hombre que nos ha hecho amar a unos personajes ingleses buenos, abiertos, sinceros y honestos que se cruzan cada día en nuestra existencia.” Charles Dickens fue, y será para siempre, el escritor del pueblo inglés.

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El asno de oro, de Apuleyo

2008 Diciembre 23
by Ferran Benito

A las puertas de una modernidad que se derrumba, cuando pocos valores se sostienen todavía en pie, volver a los clásicos no representa solamente una bocanada de aire fresco para nuestros pulmones, sino que resulta casi una tarea que debemos exigirnos a nosotros mismos como una inexcusable revisión de principios: es imperioso ser conscientes de nuestros orígenes para poder fundamentar así correctamente nuestra propia modernidad. Evocando al poeta catalán J.V. Foix, “sed modernos, leed a los clásicos”.

Apuleyo de Madaura, cuya vida transcurrió aproximadamente entre el 125 y el 180 d.C., figura entre los últimos escritores de la gran tradición greco-latina. Aunque escribió siempre en latín, su formación fue principalmente griega, y su vasta producción erudita, la mayor parte de la cual se ha perdido, atestigua su gran versatilidad y su incansable inquietud intelectual. Entre los textos que le son atribuidos constan tratados de filosofía, política, medicina, aritmética y música, entre otras varias disciplinas. Por otra parte, en su obra se adivina un espíritu siempre crítico e insurrecto con el poder centralizado de una Roma ya en decadencia. Gran viajero por lo demás, Apuleyo recorrió Grecia, Roma, el norte de África y Alejandría, donde su afición por las culturas orientales lo llevó a ser acusado de utilizar artes mágicas para seducir y desposar con Emilia Pudentila y matar a su hijo, imputación de la que probablemente fue absuelto. Fruto de esta acusación nos ha quedado el texto legal llamado De magia o Discurso sobre la magia en defensa propia , más frecuentemente conocido como la Apología.

En todo caso, más allá de las contingencias de su biografía, Apuleyo es principalmente recordado por ser el autor del texto Las metamorfosis, que conocemos ya desde tiempos de San Agustín con el nombre de El asno de oro. Se trata, juntamente con el Satiricón de Petronio, de las dos únicas novelas latinas que la tradición nos ha legado. Sin embargo, es preciso andarse aquí con ojo al utilizar el término ‘novela’, por cuanto dicho vocablo, relativamente reciente en suma, no refleja desde luego en toda su amplitud el sentido de la narrativa clásica, y puede llevarnos al error de juzgarla desde una perspectiva que no le corresponde.

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Inés Fernández-Ordóñez, sexta mujer en ingresar en la Real Academia Española

2008 Diciembre 20
by Ferran Benito

La filóloga Inés Fernández-Ordóñez (Madrid, 1961), catedrática de lengua en la Universidad Autónoma de Madrid, resultó elegida el pasado jueves para ocupar el sillón P de la Real Academia Española, que estaba vacante desde la muerte del poeta Ángel González, acaecida el último mes de enero. El nombramiento fue dado a conocer por José Manuel Blecua, secretario de la Academia, tras la tercera ronda de las votaciones pertinentes, a las que asistieron treinta académicos, además de los cuatro que votaron por correo. Tras dar a conocer el resultado, Blecua agregó que se trataba de “una buenísima noticia”.

La candidatura de Fernández-Ordóñez fue la única que se presentó para cubrir la vacante del sillón P, y fue propuesta por José Antonio Pascual, Margarita Salas y Álvaro Pombo. Con ella aumenta la nómina de mujeres Académicas, muy limitada hasta la fecha: hasta el jueves, únicamente tres ocupaban un sillón en la Academia: Ana María Matute, Carmen Iglesias y la ya mencionada Margarita Salas, a las que hay que sumar las ya difuntas Carmen Conde (la primera mujer en ingresar, en el año 1979) y a Elena Quiroga. Anteriormente, la Academia había rechazado figuras de la talla de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán o María Moliner.

Es “una magnífica noticia para todas las mujeres”, ha declarado en este sentido Fernández-Ordóñez, quien ha reconocido estar “muy emocionada” por la distinción. La RAE, según dijo, “debe reflejar proporcionalmente lo que es la realidad de la sociedad, donde las mujeres tienen un papel mayor”. Por este motivo, su distinción “realmente es un progreso innegable, porque lo cierto es que la Academia no está ahora mismo acorde con lo que es la sociedad”.

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