Considerada por muchos, con justicia, como una de las cumbres literarias del S.XX, El Gatopardo es una obra de una belleza rara, inusitada. Desde que fuera publicada póstumamente en el año 1958 por la editorial de Giangiacomo Feltrinelli, la novela ha planteado a sus lectores, generación tras generación, el enigma de su encanto. ¿En qué consiste su belleza? No es fácil decirlo. Podríamos intentar explicarla enumerando algunas de sus principales cualidades: la excelencia de su prosa, su gran poder de evocación o la habilidad para recrear en el plano ficticio unas determinadas circunstancias históricas; sin embargo, estas justificaciones, que bien pueden darnos ciertamente una idea fundada de los méritos del libro y de su intrínseca calidad literaria, no nos permitirán con todo penetrar más profundamente en este secreto último, tan bien guardado, que eleva El Gatopardo hasta la condición de obra maestra.
Quizá, quien mejor haya acertado a retratar esta ilusión de belleza que nos sobrecoge cuando leemos El Gatopardo, sea Mario Vargas Llosa, quien comprendió que si la novela nos llena de tal desconcierto, es porque nos «enfrenta al misterio de la genialidad artística». En efecto, resulta notable que su autor, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, escribiera una sola novela en toda su vida, la que ahora nos ocupa, que empezó además a redactar llegado casi a los sesenta años. El resto de su producción destaca por su exigüidad: un puñado de cuentos, una copiosa correspondencia, y algunas notas que tomó sobre literatura inglesa y sobre Stendhal para impartir una serie de conferencias a un grupo de amigos. Ciertamente, puede objetarse que, como dijo Bassani, El Gatopardo es la obra de toda una vida, un texto que ha debido sin duda gestarse año tras año, vivencia tras vivencia, y que solo ha podido surgir a la luz cuando su forma ha sido lo suficientemente perfecta, lo suficientemente acabada. Todo esto está muy bien, pero el hecho no puede dejar de parecernos insólito: de repente, un día, hacia 1954, el príncipe Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (1896-1957), último miembro de una vieja familia de la aristocracia de Palermo, hombre de vastísima cultura por otra parte, decide comenzar a escribir, y en tres años, poco más o menos, compone la que será una de las obras maestras del S.XX, que concluirá poco antes de su muerte, en el 1957. Ante esta absoluta incógnita de la genialidad, Vargas Llosa se interroga vehementemente, sin encontrar respuesta: «pero ¿cómo, cómo fue posible?».

A lo largo de la historia, el mundo de la literatura, afortunadamente para nosotros, nos ha dejado como herencia algunas joyas literarias cuyo gran valor ha sido cuestionado en escasas ocasiones. El brillo de esas joyas siempre permanece inalterable, embelesándonos eternamente. Son muy pocas las que obtienen esa merecida inmortalidad y no quedan olvidadas en el contenedor de la mediocridad, mientras se arrugan, se amarillean y desaparecen tanto físicamente como en la mente de los lectores. Crimen y castigo, escrita en 1866, es una de esas joyas literarias que recordamos por tener unos determinados atributos que aportan el valor a la obra, entre ellos: la capacidad narrativa del escritor, ser un fiel retrato de la sociedad rusa de aquella época, su buena función estética, su novedoso carácter psicológico… Es, simplemente, nuestra herencia de Dostoievski y ésta ha influido en una amplia variedad de escritores contemporáneos.
Cuentan que en la gris Inglaterra del siglo XIX, todas las familias, fuesen pobres, ricas, tristes o felices, solían reunirse, en corrillo, alrededor del fuego mientras esperaban, con ansiosa delectación, la llegada del tardío cartero que traería un nuevo cuaderno azul de Boz debajo del brazo. Estas largas esperas se solían amenizar con discusiones sobre si prosperaría la batalla que mantenía la afable Betsey Trotwood con los malvados burros o si, finalmente, el señor Micawber, junto a todo su clan, se vería irreparablemente abocado a la ruina y a la más miserable podredumbre. Pero los miembros más nerviosos e impacientes de estas familias eran incapaces de esperar durante tanto tiempo y no hacían otra cosa que salir escopeteados de casa en búsqueda del tan esperado mensajero. En esos días, que solían repetirse de mes en mes, centenares de grises e inglesas callejuelas, pertenecientes a grises e inglesas ciudades, se llenaban de miserables, ricos, trabajadores o bribones que surcaban los recovecos de la ciudad en búsqueda del inocente, aunque poco presto, cartero.